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Compañeros de trabajo

Desde que entré a mi nuevo trabajo, hace dos meses, me sentí atraído por Luis. Él es contador, y al contrario de lo que uno pudiera pensar de los contadores (que son viejos, aburridos y gruñones), Luis es bastante simpático, joven y guapo. Usa sus camisas y pantalones ajustados, por lo que cuando pasa cerca de mi cubículo, no pierdo oportunidad para mirar de reojo el redondeado culito que se carga.

Todas las mujeres jóvenes y sexualmente ansiosas de la oficina le coquetean todo el tiempo y no dejan de insinuársele. Zorras. Sin embargo, aunque él sabe lo guapo que es y responde a sus coqueteos, los chismes dicen que nunca ha salido con ninguna. La idea de que Luis pudiera ser homosexual le daba vuelo a mi imaginación y a mis chaquetas nocturnas. No pocas veces imaginé que me cogía en su escritorio y me la jalé a más no poder. Pero todo se quedaba en eso, simples fantasías de “Godínez” calenturiento.

Todo cambió cuando, en un intento para obtener dinero extra para mi viaje a Los Cabos, decidí trabajar en día feriado. La oficina estaba prácticamente vacía, casi daba miedo no escuchar el parloteo de las secretarias y el taconeo de las de Recursos Humanos. Apenas tenía media hora en mi cubículo, cuando percibí el delicioso y muy masculino perfume de Luis. Me volteé y efectivamente, él iba entrando a la oficina.

-¡Pablo! –saludó-. ¿A ti también te negrearon?

-No, yo quise venir…

-Uy, empleados como tú pocos, ¿eh? De mis ganas, yo estaría dormido todavía…

-Pues, la necesidad, ya ves.

 

Luis sonrió y me dio una amistosa palmada en la espalda antes de desaparecer e ir hasta su oficina particular. Su aroma quedó impregnado en el aire un rato y no pude evitar erectarme.

Un par de horas después, cuando Juan Carlos, el único que compartía la oficina conmigo, salió a comer, Luis salió y fue hasta mi lugar.

-¿No vas a ir a comer? –preguntó.

-No, este… más tarde. Ahorita no tengo hambre –dije.

-Pues entonces vente a cotorrear un rato a mi oficina, estoy muy aburrido.

Sin pensarlo dos veces, fui tras él, tratando de pensar en una conversación que pudiera parecer interesante para él.

Cuando llegamos a su pequeña oficina, él cerró la puerta y rebuscó en un librero que estaba detrás de su escritorio. Sacó una botella a medias de vodka.

-¿Qué, nos echamos un drink? –sugirió-. Pero nomás poquito, ¿eh? Son horas de oficina…

-Uy, ahora sé por qué nunca sales de aquí –dije bromeando y él se rio.

Sirvió vodka en un vaso de plástico y le dio un trago, luego me lo pasó a mí. El solo hecho de pensar que iba a beber del mismo baso que habían tocado los labios de Luis me excitó tanto, que sentí cómo mi verga empezaba a crecer. Instintivamente, intenté disimularlo sentándome y cruzando la pierna.

Luis se me quedó mirando entre divertido y curioso.

-¿Qué pasó? –dije-. ¿Ya estás pedo?

-Ay, Pablito, Pablito… Qué pronto caes.

-¿Eh?

-Se te va a salir algo del pantalón…

Me puse colorado de vergüenza y puse a trabajar a mi cerebro a marchas forzadas para inventar una excusa decente. No fue necesario porque Luis volvió a hablar:

-No te apures, yo estoy igual.

Y dicho esto, se llevó la mano a su entrepierna, donde la silueta de una verga erecta y perfecta se dibujaba en la tela de su pantalón.

-Estás muy guapo Pablo, pero eres muy tímido…

Sin decir más, Luis se me acercó y me besó con fuerza. Pude sentir su delicioso aliento y su barba de tres días rozando mi barbilla.  Mientras me besaba, llevó su mano hacia mi bulto y lo apretó.

-Qué rico… -dijo en un susurro-. Quiero comérmela.

Luis desabrochó mi cinturón y mi pantalón mientras aún nos besábamos y los dejó caer hasta mis tobillos. Metió la mano en mis slips y comenzó a masturbarme.  Luego me los bajó de un tirón y mi pene quedó parado y al aire.

Antes de que hiciera nada más, lo desnudé yo, por supuesto. Me encanta desnudar a un hombre. Él puso el seguro a la puerta y empezó a quitarse la camisa.

-Eh, eh –déjame a mí.

Bajó los brazos y se me quedó mirando fijamente. Mi pene empezaba a lubricarse sin control. Sonrió con dulzura y yo coloqué cada mano al lado de su cintura y me acerqué tanto a él que casi podía en mi rostro el calor que salía de sus fosas nasales. Deslicé mis manos hacia arriba, siguiendo la dirección de las costuras de su camisa.

Levanté una mano y acaricié sus labios con un dedo. Eran grandes y carnosos, y los tenía ligeramente abiertos. Agarré su camisa con las dos manos y tiré bruscamente para sacársela. Me acerqué a él y con la punta de mi lengua, lamí con delicadeza la parte baja de su labio superior y luego le masajeé los pezones con los dedos; luego se los froté con los pulgares y soplé sobre su piel hasta que finalmente me puse de rodillas frente a él, respirando profundamente sobre la tela de sus pantalones.

-Pon un pie aquí –le dije tocándome el pecho.

Y lo hizo. Le desaté las agujetas para sacarle el zapato y luego el calcetín. Tenía unos pies largos, venosos y bien formados.

-Ahora el otro.

Cuando quedó descalzo, me levanté y lo besé. Puse mi mano en su bulto. Tenía la verga durísima.

-Siempre imaginé todo lo que te haría de pasar esto y ahora voy a hacerlo… -dije.

-¿O sea que ya te lo has imaginado?

-Muchas veces…

Le desabroché el cinturón, el botón y le bajé la cremallera. Su pantalón resbaló y él lo apartó con los pies. Bajé sus calzoncillos American Eagle y su verga se irguió como el hasta de una bandera. Su miembro era hermoso: ligeramente curvado, venoso y con un glande enrojecido por la excitación. Deslicé una mano por la parte de atrás de su muslo y con la otra acaricié su pedazo. Luego recorrí mi mano hasta ponerla debajo de sus testículos y se los agarré; acto seguido, le planté un beso.

Besar le excitó mucho y me desabrochó torpemente los botones de la camisa.  Cuando estuvimos desnudos los dos, él se puso de rodillas y se metió mi verga a la boca hasta el fondo. Me la estaba mamando tan bien que tuve que sacarla para no eyacular.

-Espérate, le dije, quiero probar la tuya…

Acto seguido, comencé a mamársela. Aunque sentí su glande golpear mi garganta, no dejé de chupar. Me lagrimearon los ojos con el sentimiento de asfixia, pero no desistí. Su verga era deliciosa.

-Déjame metértela –pidió.

Dejé de mamar y él se movió para buscar algo en el cajón de su escritorio. Hurra: condones y lubricante, Luis estaba preparado.

-¿Así que eso es lo que haces aquí? –pregunté.

-Hay que estar preparados…

Abrió el envoltorio del condón con los dientes y deslizó el látex por su mástil. Antes de metérmela, me trabajó un poco el culo con los dedos llenos de lubricante. Luego arremetió y me contuve de gritar por miedo a que alguien escuchara. Bombeó con fuerza y no por mucho tiempo.

-Me voy a venir –dijo, y lo hizo antes incluso de acabar de decirlo.

Lanzó un gemido de placer que me excitó al grado de que lancé un chorro de semen que pudo haber concursado en las Olimpiadas. Mi leche quedó resbalando sobre la pared de su oficina.

-¡Ay, güey! –dijo jadeando-. ¡Qué rico estuvo!

Sacó su miembro de mi interior y nos besamos. Nos percatamos de que había pasado más de una hora y que seguramente Juan Carlos ya habría vuelto. Entre besos nos vestimos y quedamos de salir a tomar algo saliendo del trabajo. Ambos sabíamos qué haríamos en realidad.

 

 

osg

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