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Amigos con beneficios

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Durante la preparatoria siempre estuvimos juntos. Ramón, Mario, Fernando y yo. Éramos tan inseparables que cada vez que uno se metía en problemas, automáticamente los profesores nos culpaban a los cuatro. Sin embargo, y aunque estábamos tan unidos, dentro de nuestro grupo cada uno tenía a un mejor amigo. Ramón y Mario siempre se estaban burlando de todo y sabían todo el uno del otro. Fernando y yo, por otro lado, a veces hablábamos de cosas más profundas que a los otros les parecían aburridas; era mi mejor amigo.

Cuando terminó la preparatoria, todos nos fuimos a estudiar la universidad a ciudades diferentes y sólo hablábamos por Facebook. Para las vacaciones de verano, yo volví a casa de mis padres esperando que mis amigos hicieran lo mismo. Lamentablemente, Fernando (que siempre fue el más matado), decidió quedarse en su ciudad para estudiar cursos de verano y Ramón, que había conseguido novia, se fue a pasar las vacaciones a la casa de playa de sus suegros.

Así, sólo pudimos vernos Mario y yo. Al principio salíamos a caminar y hablábamos de cómo era nuestra nueva vida, pero cuando el tema se nos terminó, optamos por reunirnos en mi casa a jugar videojuegos. Como hacía tanto calor, nos sacábamos la camiseta y jugábamos por largas horas bebiendo cerveza.  Mario tenía buen cuerpo; no era musculoso pero se notaba que de vez en cuando se ejercitaba. Entre miradas, noté un largo camino de vello negro que le bajaba del ombligo al límite de sus pantalones, de los que se asomaba el resorte de unos Calvin Klein. De vez en cuando, Mario se acomodaba el bulto de la entrepierna y eso me provocaba una erección que trataba de ocultar.

Nunca antes había visto a Mario como entonces, como alguien atractivo. De hecho, mis amigos ni siquiera sabían que yo era gay. El tipo de hombres que me gustaba ver en las revistas para masturbarme eran más bien atléticos, rubios y con grandes penes. Pero descubrí que Mario tenía una sonrisa pícara y se había dejado una barbita que me empezaba a poner caliente.

Una noche, mis padres fueron a una boda y decidí invitar a Mario a dormir a mi casa. Planeamos desvelarnos jugando mi nuevo Halo, bebiendo cerveza y quizá ver alguna película. Después de dos horas jugando sin camiseta, Mario me puso pausa al videojuego y me dijo:

-Hay que dejar esto un rato, traje algo.

-¿Qué cosa? –quise saber, y Mario sacó del bolsillo de sus shorts un pequeño paquetito y me lo mostró.

-Vamos a darnos un toque al patio.

Lo seguí, obediente, hasta el patio trasero. Ahí nos sentamos sobre unas cubetas y Mario preparó una pipa con suficiente mariguana. Después de darle una aspirada, me la pasó. Pronto sentí el efecto alegre de la hierba y comencé a sentirme muy relajado. Mario hablaba de viejas anécdotas de la preparatoria y se reía. Yo me quedé mirándolo, absorto en su sonrisa. De pronto, dejó de reír y me preguntó:

-¿Y qué, ya te cogiste a alguien en la uni?

-No –contesté-. Mis compañeras están bien culeras.

-Ah, ¿apoco no hay ni una buena?

-Pues algunas, pero son medio mamonas.

Mario se rio y le dio una calada a la pipa.

-¿Y tú? –quise saber-. ¿Ya te cogiste a alguna vieja?

-Nel, en ingeniería ni hay viejas.

-Pues a un cabrón, entonces… -dije y fingí una risa.

Mario se rio y se me quedó mirando. Después de unos minutos en los que ninguno dijo nada, Mario habló:

-¿Tú cogerías con un cabrón?

La pregunta me agarró desprevenido y tardé unos segundos en saber qué contestar, pero él encontró en mi silencio la respuesta. Se acercó a mí y con su mano comenzó a recorrer mi pecho desnudo, deteniéndose a pellizcar mis pezones. Ese acto me provocó una erección inmediata y tontamente, comencé a acariciar su torso.

-Vamos adentro –pidió.

Dentro, en la sala, Mario me recostó en el sillón y se quitó el short con todo y calzón. Entonces pude ver lo que escondía: una verga gruesa y endurecida a la que le saltaban las venas y estaba rodeada por una mata de pelo púbico negro intenso. Instintivamente, tomé su miembro con mi mano y comencé a masturbarlo.

-Espera, yo también quiero jalártela –dijo, y acto seguido, desabrochó mis jeans y me los bajó con todo y calzoncillos, dejando al aire mi pene erecto que ya estaba bañado en líquido preseminal. Lentamente comenzamos a masturbarnos mutuamente y, como si lo hubiéramos decidido, nos besamos. Fue un beso suave pero apasionado. Su aliento de mariguana me enloqueció más que la propia droga. Antes sólo había besado a un par de chicas, pero besar a Mario era diferente, era mágico.

La verga de Mario era hermosa, como un animal salvaje y exótico. Su glande rosáceo que se ocultaba y salía al vaivén de mi mano, parecía un caramelo ansioso de ser degustado. Sin decir nada, dejé de masturbarlo y me incliné sobre su regazo. Primero di un beso suave a aquella cabeza y luego comencé a rozarlo con mi lengua. Mario soltó un gritito de placer y yo seguí chupando el contorno de aquel tronco nervoso. Me metí su verga completa, de unos 17 centímetros, en mi boca hasta atragantarme. Era un sabor exquisito y nuevo, no podía parar de mamar y Mario lanzaba unos gemidos secos y poderosos.

-¡Para! ¡Me voy a venir! –gimió.

-Es lo que quiero –dije y sentí que perdí valiosos segundos de chupar su pene.

-Pero yo quiero corresponderte…

-Luego, primero déjame chupártela a ti.

-Un sesenta y nueve, pues.

No lo tuvo que pedir dos veces. Cinco segundos más tarde estábamos dándonos placer el uno al otro en el sillón de la sala de mis padres. ¿Qué pensaría el retrato de mi abuela, colgado en la pared, de ver a dos machos mamándose las vergas como si no hubiera un mañana? La boca caliente de Mario era un refugio maravilloso para mi miembro. Sentí cómo su lengua recorría con brío cada milímetro. Ese placer, aunado al del sabor, la textura y el olor de Mario, se unificaron y me hicieron explotar sin previo aviso.

Mario se tragó mi leche sin chistar y un minuto después, eyaculó en mi garganta.  Decidí tragar ese líquido espeso y dulce, que después de todo, era la pura esencia de mi hombre. Rendidos, nos recostamos en el suelo jadeando. No dijimos nada durante un rato y luego nos dormimos, desnudos y abrazados.

No tuvimos que hablar nada después de aquello. Fue como si Mario y yo hubiéramos asumido en silencio que nuestra amistad había alcanzado un nuevo nivel. Ramón y Fernando no son parte de esto, es un secreto sólo nuestro. Ahora Mario tiene novia y yo salgo con algunos chicos que conozco en la universidad. Sin embargo, él sabe y yo sé, que llegando el verano, volveremos a encontrarnos.

 

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